viernes, 25 de junio de 2010

El juego espontáneo infantil

En el juego está inscrita la biografía del cuerpo en su expresión más profunda, y es jugando cuando el niño y la niña (y también los adultos) son seres creadores y descubren su “yo” en relación al “nosotros” como un eco interior. En definitiva, jugar es existir y ser conscientes de la existencia.

Extraido del libro "El placer y el displacer en el juego espontáneo infantil" de Javier Abad Molina

(...) Jugar es una forma de utilizar la mente e, incluso mejor, una actitud sobre cómo utilizar la mente. Es un ámbito de aprendizaje en el que ponerse a prueba, un espacio en el que poder combinar pensamiento, lenguaje e imaginación. (...)

Esta “ilusión” de crecer es lo que da origen de la pulsión creadora que nos singulariza. El juego permite vivir la ilusión de ser “otro”, manteniendo un equilibrio entre la subjetividad y la realidad. (...) Así, se convierte en un medio para proyectar en el mundo exterior los conflictos internos y las angustias, transformando esta realidad interna, a veces condicionada por el displacer. (...)

La libertad de jugar permite, tanto al niño como al adulto, liberar su creatividad. También según Winnicott, la creatividad es universal como un estado y respuesta del ser en el mundo, algo inherente a la vida como pulsión subyacente en la necesidad de obtener placer. La creatividad no es, pues, una competencia adquirida, ya que está presente en cada ser humano, solo hay que facilitar los medios para expresarla libremente como fuerza fundamental de la vida.

El juego es también una conducta simbólica en la medida que representa una historia vivida como una narración afectiva. El juego expresivo y creativo es siempre algo de la infancia originaria, de una memoria corporal implícita que registra experiencias arcaicas de placer o displacer vividas en relación al otro, porque en estas experiencias está todo lo que condiciona la vida afectiva, emocional, relacional y cognitiva del niño y la niña, y por tanto, del adulto.
Por todo ello, el juego sirve para alejar aquello que está impuesto por la realidad como signo de placer en el desarrollo del ser humano inmerso en una sociedad tan atada a la eficacia. Quizá por ello, el adulto se siente culpable, en ciertas situaciones y contextos, si permite jugar libremente a la infancia.

El adulto como ser de escucha, dota de sentido y significados a estas acciones porque cuantas más palabras se otorgan, más distancia con la acción se crea. El adulto también debe ayudar en un desarrollo creativo del niño que alimente su expresión simbólica y el recorrido de su propia maduración psicológica. El niño y la niña se descentran de la intensidad de sus emociones por la variedad de sus expresiones simbólicas y es preciso por parte del adulto atender al malestar infantil antes de plantear una situación de aprendizaje, porque cuanto más se juega a transformar en función de su subjetividad, más disposición existe para aprender. Si el pensamiento fijo e inmóvil no permite el aprendizaje, la Práctica Psicomotriz resuelve esta situación a través del juego de “destruir” y después la capacidad de “construir” en un espacio de posibilidades y de situaciones para el cambio. Estas situaciones, por ejemplo, son la expresividad de un cuerpo sin fronteras que garantizan la seguridad afectiva y la evolución psicológica. Particularmente en la infancia, expresan el deseo de crecer y el deseo de construirse como sujeto independiente: en el “yo te construyo o te destruyo” y “yo me construyo”, “yo te llamo” y “te hago aparecer porque quiero hacerte desaparecer y alejarme de ti”, se establece la dialéctica del juego de todos los niños y niñas (Aucouturier, 2004). Para realizar este proceso de transformación, de lo real a lo simbólico, es necesario que el niño y la niña hagan una transformación de su cuerpo, para que lo tónico-emocional libere su pensamiento y su imaginario.

(...) Todas las acciones de juego libre y espontáneo pueden partir de un conflicto relacional que es necesario que se encamine a situaciones de comunicación. Quizá este conflicto esté “provocado” por la propia dinámica de caos que se establece en el planteamiento de un espacio no estructurado que se dispone para el desorden y la continua transformación. Esto es permitido por el adulto referente, pero dentro de una contención o un marco de “orden” establecido por unos límites y normas básicas para la seguridad y la garantía de la evolución de los niños y niñas (además del necesario reconocimiento y admiración por la acción transformadora infantil). Cuando se expresa la idea de caos, se refiere a un desorden ordenado o un desorden estructurado que permite el cambio y la gestión de todas las opciones posibles. En este sentido, las instalaciones y los objetos estan presentados en un sistema de orden, para provocar o promover su transformación y para que los niños y niñas entendieran la existencia de unos límites en el juego libre. En definitiva, permitir de esta manera el caos significa que es posible la “destrucción” del orden que el adulto que ha creado para permitir el desorden como apropiación e interpretación del espacio, para “hacerlo propio” y poseerlo en el sentido físico y psíquico.

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